Melancolía (homenaje a Guillermo Silveira)

Melancolía

(homenaje a Guillermo Silveira)

Acrílico, cera y lápiz sobre papel. 50 x 70 cm.

Francisco J. Vaz*

El artista, que fue alumno de Guillermo Silveira, ha realizado esta obra en homenaje a su maestro. Lo explica así: “El cuadro del fondo es suyo, lo mismo que el que se ve a través de la ventana y, por supuesto, las palomas. El bodegón que hay sobre la mesita y la falda de la mujer que se apoya en el cajón pertenecen a dos cuadros míos, que pinté en la época en que aprendía de él”. 

Las lecciones de Guillermo Silveira*

(Guía para mirar la vida como si fuese un cuadro) 

Francisco J. Vaz Leal

Νo hace mucho tiempo se nos murió Guillermo. A ratos parece que hubiese sido ayer, hace un momento, ahora. Su muerte tuvo el color plomizo de las cosas inesperadas, el tono apagado de lo Incomprensible por súbito y rotundo. Intencionadamente, he querido que pasase el tiempo antes de redactar estas líneas: me horrorizaba la idea de que pudieran asemejarse a las notas necrológicas, elaboradas con prisa en el último momento. Las notas necrológicas tienen el color de las esquelas y mi intención no era escribir en negro. Me parecía (y lo sigo pensando) que para hablar de Guillermo Silveira había que utilizar los colores, sobrevolar las tinieblas de ese corte fatal que nos dejó sin él y reposar en el recuerdo, para recuperar así lo que nos quedó de su persona, lo que no morirá de golpe porque seguirá en los que lo conocimos, fundiéndose despacio y apagándose con nosotros mismos. No quería. por este motivo, hablar de sus virtudes, ni utilizar el tono grandilocuente de las ocasiones sublimes. El recuerdo de mi amistad con Guillermo está inscrito en una clave cotidiana y es un recuerdo de andar por casa, sencillo y lineal, que no admite adjetivos altisonantes. Además, Guillermo Silveira atravesaba la existencia con la boina calada y el caldo de gallina entre los labios, y no creo que haya en este mundo algo más sublime que ese empeñarse en ir hacia adelante contra viento y marea, portando abiertamente el estandarte del sí mismo. Y más aún cuando esto significaba (en cierto modo) andar tirando piedras contra el propio tejado. Lo digo porque soy consciente de que para Guillermo el arte nunca fue mercadería. lo que le llevó a pintar cuando le vino en gana, para quien quiso y como le apeteció. Era la suya, en lo tocante al arte, una actitud radicalmente bohemia, lúcidamente libertaria, apalancada en la vida de una manera radical y palpitante. Viéndolo así, quien no lo conocía bien llegaba a la conclusión de que Guillermo Silveira era un perezoso incorregible. Confieso que yo mismo, al principio de nuestra amistad, me enredé en lo aparente y llegué a pensar de ese modo. Lo veía una y otra vez (en aquella habitación inhóspita de la Escuela de Artes y Oficios) comenzando esculturas que, al llegar el verano, iban a parar inconclusas al pilón de arcilla, para deshacerse en silencio y volver a su informidad originaria. No me di cuenta entonces de que en aquel rito cíclico e inacabable estaba el secreto del asunto, la esencia misma del acto de crear. Porque para Guillermo, que entendió el arte como elemento indisociable de la misma vida, el objetivo no era la obra final, sino ese movimiento permanente del espíritu que obliga en todo momento al artista a ir más allá de lo real, trascendiendo lo inmediato, en una disputa que, al fin y al cabo, es lucha contra uno mismo, y de ahí que la rueda nunca se detenga, al no haber victorias ni derrotas, vencedores o vencidos. Le debo así a Guillermo Silveira, que además de amigo fue maestro (o, quizá, que fue maestro porque fue amigo) una lección esencial: la de concebir la creación como actividad que tiene que ver con el placer (no con la obligación ni con la producción), es decir, como vía de acceso al interior de uno mismo, a la propia experiencia personal. Esa fue, ya digo, su primera gran lección. 

 Y hubo una segunda. Porque no fue eso lo único que con él (y de él) aprendí. Guillermo Silveira me enseñó también a mirar el mundo de una forma especial. Si hay algo que identifique su obra es el tono básico de ingenuidad que la empaña, esa visión primordial de lo real que procede de una aprehensión sin prejuicios de la existencia. Es algo así, en resumidas cuentas, como la mirada de un niño enfrentado al Universo. Hay un libro que me gusta releer de cuando en cuando, porque me parece más pedagógico que todas las enciclopedias juntas, escrito por un polinesio no ilustrado a su vuelta de la “civilización”. en el que narra, con prosa desgarrada, las raras costumbres de los papalagi [los hombres blancos) y su lucha permanente por llegar a ninguna parte. La visión esencialmente inocente del samoano está también en la obra de Silveira, y la ingenuidad de aquél en su persona. Guillermo se paraba en las esquinas y observaba el mundo como si lo viera por vez primera; después lo pintaba así, recién nacido, recién iluminado, y llevaba la limpieza de su mirada al lienzo, poniendo allí la luz de su experiencia tangible, de su percepción sin intenciones.

Tengo en mi casa algunos cuadros de Guillermo Silveira; cuando los miro, los veo, en cierto modo, por primera vez. Hay algo en ellos (había algo en el artista y en la persona) que sólo puede brotar de un contacto vital y corporal con el mundo, de un sentirse uña y carne con lo real. La tristeza que a veces nada en su pintura no es otra cosa, pienso, que la tristeza de lo viviente en su camino imparable hacia el olvido. Ese es el camino que, casi sin avisar, tomó Guillermo Silveira no hace mucho tiempo, yendo al encuentro de esa realidad definitiva que tantas veces pintó. Nos ha dejado muchas cosas y se ha llevado muchas otras con él. Pero no ha sido suya la culpa: él siempre estuvo dispuesto a no quedarse con nada. La culpa es de la vida (y de la muerte, que es la vida misma. al fin y al cabo), que, además de ser cruel, es inocentemente injusta muchas veces.  

 * Publicado en el número correspondiente a noviembre de 1987 de la revista Anaquel (Revista de creación y crítica)

*FRANCISCO JOSÉ VAZ LEAL: Nacido en Badajoz, su vida  ha estado activamente ligada a la actividad cultural y profesional de esta ciudad. Entre 1973 y 1979 formó parte de la primera promoción de la Facultad de Medicina de Badajoz y desde entonces ha permanecido integrado en la Facultad. Ha alcanzado el grado de Catedrático de Psiquiatría y el cargo de Jefe de Sección  de Psiquiatria en el Complejo Hospitalario Universitario de Badajoz (España). Interesado por el arte desde su más tierna infancia, fue discípulo de Isauro Luengo y José María Collado (dibujo), de Manuel Fernández Mejías y su hijo José Manuel (pintura) y de Guillermo Silveira (escultura). Habría de ser con este último, sin embargo, con el que habría de mantener una relación más estrecha, tanto en el plano artístico como en el afectivo. y del que más influencias recibiría, las cuales son claramente perceptibles en su obra. Perezoso y renuente a ser un artista productivo, sus trabajos son ante todo irregulares y eclécticos. Tras una exposición individual realizada en la Casa de la Cultura de Badajoz en 1984 (cuyo catálogo fue precisamente prologado por Guillermo Silveira) se orientó hacia la literatura, dejando en un segundo plano la pintura. Fruto de ese retiro fueron varias novelas y numerosos relatos cortos publicados por distintas editoriales, que merecieron algunos premios literarios (Premio Antonio García Orio-Zabala de Narraciones Cortas, Premio Constitución de Novela…) Tras un período de producción irregular, ha vuelto a pintar en los últimos años, renovando las técnicas del pasado y sometiéndolas al paso del tiempo… y “manteniendo, por encima de todo y con una fidelidad innegable modulada por los años, la influencia que en él dejara el contacto personal con Guillermo Silveira, que  fue, antes que maestro y por encima de todo, amigo”, como el propio Vaz reconoce.

 


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Silveira y Fregenal en siete estrofas (guión para una charla)

 

LA CUERDA ROTA

Por Miguel Pérez Reviriego

Miguel Pérez Reviriego. (Foto: Silvia Huibi Pérez Herrera)

YA PODÍAMOS, MÁS O MENOS,

HABLAR DE ORTEGA MUÑOZ

y de las nubes,

de un Badajoz yacente y visionario,

de un hombre,

de nada menos que de todo un hombre,

o cómo darle la vuelta a la hoja en blanco,

a la triste hoja en blanco

del carmín encendido, el furtivo de turno, el remansado río,

el viento del oeste,

la zagala feliz y contenida…

Ya podíamos hablar de un Pérez Reviriego,

de un oscuro Miguel de un pueblo ensimismado

(ya podíamos hablar de Julia Albano,

de Aguedita, de Ambrosia, de mi abuelo,

de Rosa la conchuelera,

de un viejo Fregenal

que tuve alguna vez y ya no existe,

de un hombre gris que siempre iba conmigo,

y una luna de invierno,

y un otoño cualquiera,

o cualquier tarde),

de un aprendiz de artista que, una noche,

fue una noche de octubre o de silencio,

llegó a Oficios y Artes (entiéndase a una Escuela,

y una calle que no puede acordarse),

y le espetó al maestro, a Silveira, a Guillermo,

cómo se vaciaban mil figuras en bronce;

cómo era todo aquello de la “cera perdida”,

que  escuchó alguna vez,

y no sabía dónde, pero algo le sonaba…

Ya podíamos hablar de tantas tardes,

de tantas anchas tardes en su casa de siempre,

compartiendo tabaco, y luna, y soledades,

y colores y formas, y manchas, y espacios, y texturas, y hasta maculaturas;

y una estación vacía, o un andén encendido de un pueblo siempre blanco…,

como el que a mí me estuvo,

y no fue culpa mía:

siempre la culpa, las eternas culpas…

Ya podíamos hablar de un verde tiempo azul,

de un tiempo en que pasaron

a llamarte Francisco, poco más,

y la muerte…

Ya sí podremos hablar,

otro día,

mejor, mejor otro día,

con permiso de la escucha,

de una humilde habitación

donde moró la pintura,

la belleza y la locura,

y el mar, y la sinrazón.

Donde un solo corazón,

noche tras noche fluía,

y, a poco,

se enternecía

de tan vieja calentura.

Y ahora viene Fernando,

con la que está cayendo,

y me hace regresar a un siglo de amor y lejanías,

donde todo era mar, y la esperanza,

y la vida eran cosas de todas las mañanas,

y todas

las guadianeras tardes de aquel tiempo perdido,

me llevaban a un lienzo de tejados azules,

y de palomas grises,

definitivamente roto y para siempre.

Y ahora viene mi hija,

mientras escribo esto,

mi Silvia de mi luz y mi esperanza,

y me dice que bien, que siga, papi,

pintando cielos verdes,

rosa, amarillo, azul e inacabados,

y olmos viejos hendidos por el rayo,

junto a resecos cauces,

y estaciones vacías como aquella de entonces,

y un mar,

un solo y viejo mar distante y roto,

para que nunca, nunca se me olvide,

que vengo,

que no soy otra cosa,

que no he visto más sombras en mi vida,

que aquellas anchas tardes o una casa de siempre,

compartiendo Silveira y soledades.

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La huella de Guillermo Silveira

 

Alfonso Doncel, escultor:

“Tres años apasionantes que me han dejado huella para siempre”

Tres años apasionantes que me han dejado huella para siempre. Así podría describir mi paso por el aula de modelado y escultura de mi profesor Guillermo Silveira. Recuerdo a Don Guillermo (así le llamábamos) como un ser inmenso, intenso, entregado a su pasión creativa y exigente con su tarea docente; sus manos, la gravedad de su mirada y su simple proximidad imponían respeto y seguridad. El horario nocturno de la escuela, las luces mortecinas del aula y un respetuoso silencio condicionaban nuestra percepción. Ah, el olor del barro húmedo.

Han pasado muchos años (yo tenía entonces 17 añitos) pero no se mueven los recuerdos. Ahora, ya con cierta perspectiva, puedo asegurar que fue Guillermo quien me orientó definitivamente hacia mi forma de entender la creación plástica, tal y como –después- la he ejercido en mi vida profesional como artista, como pintor, escultor y diseñador.

Nos trasmitió algo que hoy día ya está asumido: la distinción entre escultura y pintura es tan sutil que ni merece la pena abordarla. Por aquel entonces nos formaba en las técnicas de modelado y vaciado, pero al conocer su obra mural escultopictórica (así la denominaba) le pedí que me enseñara su técnica de mezcla y aplicación de texturas. Entonces me propuso que, en lugar de modelar en su clase, ejecutara una pieza con las técnicas de pasta cargada de mineral que él mismo había creado. Y así transcurrió mi tercer año y último de la Escuela de Artes y Oficios Artísticos de Badajoz, en el que aprendí a hacer excursiones fuera del plano, intención que ya nunca he abandonado: es difícil encontrar obras mías en las que no emplee la tercera dimensión, en las que textura y relieve no intervengan.

Y si hay una característica que recordaré de Don Guillermo es el rasgo pasional que habría de trasmitir cada obra que iniciábamos. Ahora, en tiempos en los que una gran parte de los creativos trabajamos en lo que se ha quedado en denominar “creación emocional”, la escuela Silveira cobra más valor que nunca: su posición rebelde y apasionada, la fuerza de sus palabras, la nobleza de su trato y la contundencia de su mensaje me han servido de sólidos cimientos sobre los que construir mi actitud plástica; seguramente también la de muchos de sus otros alumnos.

Un artista atemporal: su planteamiento creativo y su escuela nos ha dejado una huella imborrable, algo que sólo está al alcance de los grandes hombres.

Alfonso Doncel. Fue alumno de Guillermo Silveira en la Escuela de Artes y Oficios "Adelardo Covarsí" de Badajoz

Alfonso Doncel

www.alfonsodoncel.com

Mayo de 2012

 

Florentino Rodríguez, pintor, discípulo:

“Por su culpa me traje una primera medalla de plata”

Florentino Rodríguez García, pintor, discípulo en su primera juventud de Guillermo Silveira, nos envía, a modo de curiosidad, las líneas que le escribió su maestro en el catálogo de la primera exposición individual que este joven artista presentó en Badajoz.

“Para mí es inolvidable -asegura Florentino-. Me conocía bien y gracias a su insistencia fui a Madrid (a la Exposición Nacional de la Obra Sindical de Educación y Descanso) en representación de Badajoz y por su culpa me traje la primera medalla de plata, gesto que nunca olvidaré.”

Florentino Rodríguez García, de jovencito.

Lo que escribió Silveira en el catálogo de aquella primera exposición de Florentino Rodríguez fue:

“A modo de presentación

La función esporádica de intermediario entre el creador de obras de arte y el espectador, posiblemente aparezca, en ocasiones, como una exposición despersonalizada y rigurosa, sin más análisis que el de relacionar obras, méritos y biografía del artista.

Hoy lleva el matiz intencionado del afecto e interés propio del que ha estado inmerso, por añadidura, en las vivencias de un taller compartido, por algún tiempo, entre dos artistas amigos.

Sin embargo, mis emotivas líneas no salvan la verdadera labor que desentraña y determina los valores y significados  de la obra pictórica, contribuyendo a la transmisión de sus contenidos al contemplador por el crítico de arte, con un  nivel de especialización como sabemos.

Con esta aclaración previa, presento, con sumo interés y cariño, al gran público de Badajoz la primera exposición personal del joven pintor autodidacta Florentino Rodríguez García, nacido en Villar del Rey (Badajoz) en Enero de 1946.

En su nota biográfica-artística dice él que se inició bajo mi influencia, cuando en realidad ya pintaba mucho y en su espíritu llevaba el soplo y la inquietud de un creador nato, independiente y personal. Si algo aprendió en mi taller, fue algo de la “cocina” individual que tiene todo artista, sumado a la lectura y estudio de algunos libros de arte y a su trabajo, tesón y propio mérito.

Su arte figurativo o neofigurativo, en los distintos procedimientos, está presente como una realidad que en el futuro será muy buena, porque es sincera, primero, por ser suya, después, y porque a este verdadero artista le he visto entristecerse desesperado y romper en sus ocasos, iluminarse su rostro en los aciertos y latir su corazón fuertemente ante una interpretación creadora de su propio mundo. Gracias.

Badajoz, Junio de 1971.

Guillermo Silveira”

 
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Ya se puede consultar información y la biografía de Guillermo Silveira en la enciclopedia libre “Wikipedia”

Se puede consultar la biografía de Guillermo Silveira García en la enciclopedia libre “Wikipedia”. A través de está página se están creando multitud de enlaces a otras muchas con referencia al artísta. Agradecemos a todo el equipo de Wikipedia y a sus colaboradores el interés que están tomando para que  este gran artísta del siglo XX se dé a conocer por todas las páginas de la World Wide Web.

También  pueden visualizar  la  versión para móviles.

Muchas gracias  a todos los colaboradores.

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Capilla de las Casas Aisladas

Los murales de Valdebótoa, una obra para la nada

El pintor-escultor realizó un gran esfuerzo artístico para decorar una capilla que nunca ha sido tal y que, usada solamente para cuadras y gallinero, ya no tiene cubierta y amenaza ruina total

La capilla-iglesia de las Casas Aisladas de Valdebótoa, en su estado actual.

Julio de 1967. Guillermo Silveira hablaba con Tomás Rabanal Brito, reportero del diario HOY, de Extremadura, sobre su más reciente obra: los murales-mosaicos del pórtico de la capilla que el Instituto Nacional de Colonización construyó para las Casas Aisladas de Valdebótoa del sector O, en la margen derecha del río Gévora. Era una dotación urbanística de uso religioso para una población aislada y reducida a unas pocas casas y personas, por lo que no iba a utilizarse jamás para ese fin. El edificio, en desuso, acabó por ser convertido en cuadras y gallinero. Y para “tan alto menester” se encargó a un gran artista la decoración del porche. El designado fue Silveira que, sin duda, no pensó que su trabajo no serviría para nada y que su obra artística quedaría en el olvido y a merced del deterioro que sufriría una edificación fuera de lugar y cuyo aprovechamiento final sería el de albergar gallinas y caballerías. No pensó en ello y Silveira aceptó el trabajo y puso en él su alma de artista, sin menoscabar esfuerzo, como nos cuenta Florentino Rodríguez García, el jovencito mencionado por el pintor-escultor en la entrevista periodística y a quien le hemos mostrado las fotografías del estado actual de los murales.

Mosaicos en el porche de la capilla. En primer término, una pareja de campesinos en la adoración del Belén; al fondo, los Doce Apóstoles y el Espíritu Santo.

Hoy, esa capilla-iglesia, que nunca fue bendecida ni inaugurada, ya no tiene techo y sus agujereados muros pronto caerán a tierra. Allí, en el porche aún se vislumbran los Doce Apóstoles y el Espíritu Santo y Belén, los dos motivos que Silveira eligió para sus mosaicos. Pero no durarán ya mucho.

Rabanal Brito y Silveira

Aquel mes de julio del año 1967, recién terminada su obra, Tomás Rabanal Brito y Guillermo Silveira hablaban de ella:

R. B.: ¿Qué haces ahora?

G.S.: Dos murales-mosaicos de 18 metros cuadrados a base de mármol, cemento y piedra. Son dos paramentos exteriores con destino al porche de la iglesia de las Casas Aisladas de Valdebótoa.

R.B.: ¿Por encargo?

­G.S.: Sí, de la Delegación del Instituto Nacional de Colonización de Badajoz y a través del arquitecto señor Mancera Martínez.

R.B.: ¿Qué es esa obra de Silveira?

G.S.: Son dieciocho figuras realizadas con expresionismo de nueva figuración. El tema primero lo constituyen los Doce Apóstoles y el Espíritu Santo; el tema segundo, Belén.

R.B.: ¿La obra está terminada?

G.S.: Pues sí. Han sido 45 días de trabajo a razón de nueve a diez horas diarias, en horas y días fuera de mi trabajo oficial.

R.B.: ¿Qué has sentido durante la realización de tu nueva obra?

G.S.: He visto llegar las heladas de enero y cuarenta grados contra la pared en junio. He recorrido muchos kilómetros diarios cada vez que marchaba al trabajo.

R.B.: ¿Qué más?

G.S.: Me he sentido desanimado algunas veces; pero más animado la mayoría. También he sentido dos cansancios: el material y el espiritual.

R.B.: ¿Y el paisaje de esos nuevos pueblos?

G.S.: Todo maravilloso, nuevo. He oído cantar al labrador; he visto amaneceres y anocheceres y alguna encina solitaria sirviendo de hito al horizonte.

R.B.: Bueno, pero ¿la nota humana?

G.S.: Sí, también: un jovencito me llevaba piedrecillas del lecho transparente del río y yo las iba poniendo con devoción en el mural. Allí queda todo para que el hombre de mañana lo recuerde como un hito pequeñito de la historia nueva de un nuevo pueblo que comenzaba a escribirse sin pluma ni papel.

“Belén”, el mural-mosaico de la derecha del porche.

¡Qué tiempos aquellos…!

Estos son los recuerdos de Florentino Rodríguez García, quien, de jovencito, ayudó a Guillermo Silveira en la construcción del mural y, lo que es mucho más importante, haciéndole compañía en aquel solitario lugar donde trabajaba en la decoración del porche de la iglesia:

 “El prestigioso arquitecto de Badajoz señor Mancera le encargó a nuestro gran artista pintor y escultor Guillermo Silveira García-Galán, cubrir, justo en la entrada de la Iglesia de las Casas Aisladas de Valdebótoa (Badajoz), un muro de dieciocho metros cuadrados, con dos mosaicos representando en la parte izquierda Los Doce Apóstoles y el Espíritu Santo y en la derecha el Belén. Esto se dice en dos renglones, pero entonces, en 1967, realizar ese trabajo para este artista era una auténtica odisea. Silveira carecía de medio propio para el transporte, por lo que el desplazamiento diario lo hacía en el autobús de línea. La Estellesa lo dejaba en Valdebótoa. Yo iba allí montado en una pequeña Guzzi de segunda mano.  Nos veíamos en la cantina de Rosario y tomábamos un cafetito. Cumplido este protocolo nos montábamos en la moto. Silveira pesaba unos 114 kilos y yo 63. En la motocicleta teníamos que circular durante unos tres kilómetros por una pista de tierra. ¡Cuánta destreza y equilibrio había que hacer para recorrer el camino!

Julio de 1967. Guillermo Silveira junto al mosaico "Los Doce Apóstoles y el Espíritu Santo", situado a la izquierda del porche.

Una vez en el lugar de trabajo, poníamos manos a la obra. El material a utilizar era mármol de diversos colores que habíamos recogido en la marmolería de su gran amigo Nieto, situada en Badajoz, a la entrada de la carretera de Valverde, al lado del Cuartel de Menacho. También se usaban cantos rodados del río, arena y cemento.  Mi misión, como discípulo del maestro, era llevar en la moto, desde Badajoz, el saco con el mármol, recoger en el Gévora las piedras de río y colaborar en la construcción del mosaico. El mármol lo partíamos en trocitos, según el tamaño y forma que se precisaba.

Allí comíamos sentados en el suelo, con nuestras ‘merenderas’, compartiendo los alimentos. Era el momento de comentar la obra y deleitarnos a medida que se iba avanzando.  Daba gusto oír a Silveira, hombre culto, humilde, poético, temperamental y con una fuerza artística pasional fuera de lo normal. Fue, para mí, una experiencia inolvidable.

Es una pena que tanto trabajo haya sido inútil. Es cierto: nunca debió hacerse esta obra artística en un lugar tan apartado. Pero entonces no parecía que el arte se iba a quedar para contemplación de gallinas y caballerías, como muestran las fotos, que a la vez reflejan el abandono, la falta de respeto y la consideración a esta gran obra de Silveira, desconocida por casi todos.”

Abril de 2012. Vista general de la iglesia-capilla de las Casas Aisladas (Sector 0) del poblado rural de Valdebótoa, en Badajoz.

 

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