Silveira y Fregenal en siete estrofas (guión para una charla)

 

LA CUERDA ROTA

Por Miguel Pérez Reviriego

Miguel Pérez Reviriego. (Foto: Silvia Huibi Pérez Herrera)

YA PODÍAMOS, MÁS O MENOS,

HABLAR DE ORTEGA MUÑOZ

y de las nubes,

de un Badajoz yacente y visionario,

de un hombre,

de nada menos que de todo un hombre,

o cómo darle la vuelta a la hoja en blanco,

a la triste hoja en blanco

del carmín encendido, el furtivo de turno, el remansado río,

el viento del oeste,

la zagala feliz y contenida…

Ya podíamos hablar de un Pérez Reviriego,

de un oscuro Miguel de un pueblo ensimismado

(ya podíamos hablar de Julia Albano,

de Aguedita, de Ambrosia, de mi abuelo,

de Rosa la conchuelera,

de un viejo Fregenal

que tuve alguna vez y ya no existe,

de un hombre gris que siempre iba conmigo,

y una luna de invierno,

y un otoño cualquiera,

o cualquier tarde),

de un aprendiz de artista que, una noche,

fue una noche de octubre o de silencio,

llegó a Oficios y Artes (entiéndase a una Escuela,

y una calle que no puede acordarse),

y le espetó al maestro, a Silveira, a Guillermo,

cómo se vaciaban mil figuras en bronce;

cómo era todo aquello de la “cera perdida”,

que  escuchó alguna vez,

y no sabía dónde, pero algo le sonaba…

Ya podíamos hablar de tantas tardes,

de tantas anchas tardes en su casa de siempre,

compartiendo tabaco, y luna, y soledades,

y colores y formas, y manchas, y espacios, y texturas, y hasta maculaturas;

y una estación vacía, o un andén encendido de un pueblo siempre blanco…,

como el que a mí me estuvo,

y no fue culpa mía:

siempre la culpa, las eternas culpas…

Ya podíamos hablar de un verde tiempo azul,

de un tiempo en que pasaron

a llamarte Francisco, poco más,

y la muerte…

Ya sí podremos hablar,

otro día,

mejor, mejor otro día,

con permiso de la escucha,

de una humilde habitación

donde moró la pintura,

la belleza y la locura,

y el mar, y la sinrazón.

Donde un solo corazón,

noche tras noche fluía,

y, a poco,

se enternecía

de tan vieja calentura.

Y ahora viene Fernando,

con la que está cayendo,

y me hace regresar a un siglo de amor y lejanías,

donde todo era mar, y la esperanza,

y la vida eran cosas de todas las mañanas,

y todas

las guadianeras tardes de aquel tiempo perdido,

me llevaban a un lienzo de tejados azules,

y de palomas grises,

definitivamente roto y para siempre.

Y ahora viene mi hija,

mientras escribo esto,

mi Silvia de mi luz y mi esperanza,

y me dice que bien, que siga, papi,

pintando cielos verdes,

rosa, amarillo, azul e inacabados,

y olmos viejos hendidos por el rayo,

junto a resecos cauces,

y estaciones vacías como aquella de entonces,

y un mar,

un solo y viejo mar distante y roto,

para que nunca, nunca se me olvide,

que vengo,

que no soy otra cosa,

que no he visto más sombras en mi vida,

que aquellas anchas tardes o una casa de siempre,

compartiendo Silveira y soledades.

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